El control de la conducta alimentaria, ¿positivo o contraproducente?

¿Cuántas veces hemos oído eso de "Cómete todo lo que hay en el plato", "La comida no se tira" o "No te levantas de la mesa hasta que tu plato esté limpio"? Son frases que recordamos de nuestra etapa infantil o que nosotros mismos dedicamos a nuestros hijos a diario sin darles mayor importancia. Sin embargo, los expertos advierten que los problemas pueden empezar si este control de la conducta alimentaria se extiende hasta la etapa de la adolescencia ...
 En la Universidad de Minnesota han estudiado el control que ejercen los padres sobre la conducta alimentaria de sus hijos adolescentes y las consecuencias que se derivan de él. En este estudio observacional, que será publicado en la edición impresa de mayo de la revista Pediatrics, se ha constatado que el control sobre la alimentación de los hijos va bastante más allá de la etapa infantil, que es cuando verdaderamente tiene justificación al carecer aún el niño de discernimiento para elegir los alimentos que le convienen, así como ser necesario que adopte unas rutinas de alimentación más o menos ordenadas a lo largo del día.



Según observaron los investigadores, la presión incitando a comer más o a restringir la ingesta por parte de los padres no siempre se correspondía con el verdadero estado nutricional del adolescente. Es tal la prevalencia de la obesidad infantil en Estados Unidos que incluso niños en su peso o con un ligero exceso son percibidos por sus padres como "demasiado delgados" y obligados a comer más de lo que verdaderamente es aconsejable. En esta etapa de crecimiento hay un amplio rango de normalidad y no es extraño ver adolescentes de aspecto flaco y larguirucho que están perfectamente sanos y a los que no tiene sentido obligar a comer más allá de sus necesidades. Ante la duda sobre el estado nutricional de nuestros hijos, lo mejor es siempre consultar a un especialista.

Por otra parte, la presión excesiva de los padres sobre hijos con sobrepeso para que redujeran su ingesta tuvo en la mayoría de los casos un efecto contrario, que se vio agravado por los problemas de inmadurez y rechazo a los mayores que acompañan a la difícil etapa de la adolescencia. Así, el niño obeso desarrollaba una tendencia a comer más y a elegir los alimentos más perjudiciales para su salud como una forma de rebelarse ante la autoridad paterna. También se dieron casos en que, empujados por  la inseguridad propia de la edad, los adolescentes caían en trastornos de la alimentación como la anorexia o la bulimia, de los que luego les era muy difícil recuperarse.

Según la dietista y autora del estudio Katie Loth, lo que pretenden ella y su equipo es encontrar factores modificables en la conducta de las familias que ayuden a disminuir las crecientes tasas de obesidad entre los adolescentes estadounidenses. Creen que la conducta de los padres con respecto al control alimentario es uno de estos factores que, con una correcta información, se podría mejorar para intentar aliviar este alarmante problema.


Como conclusión, aconsejan que los hábitos saludables sean adoptados por la familia al completo y que los padres den ejemplo desde que los hijos son pequeños  a la hora de alimentarse, tanto desde el punto de vista de la calidad (más frutas y verduras, formas de cocción más sanas,...), como de la cantidad (raciones).

 Se aconseja también hacer de la hora de la comida un momento agradable en el que compartir las experiencias del día evitando un control exagerado de lo que come cada uno. A la hora de la compra y de la preparación de la comida puede aprovecharse para implicar a los niños e irles enseñando  qué alimentos son mejores para su salud, para lo cual es imprescindible que los padres se preocupen de obtener una cierta información al respecto.

Como afirma Loth: "Los padres deben permitir a sus hijos tener libertad cuando comen (...) Pueden controlar los tipos de comida que hay en la mesa y poner muchas opciones saludables. Entonces, dejar que el niño elija cuánto desea comer. Permitirle que regule su propia ingesta".



Mi opinión personal es que se trata de un estudio que, sin ser muy revelador pues sus conclusiones son previsibles,  pone de manifiesto un aspecto más en el que podemos mejorar para paliar desde la familia tanto el problema de la obesidad infantil y juvenil como el de los trastornos alimentarios. Considero fundamental que el niño vaya desarrollando sus propios gustos por los alimentos (no tiene por qué coincidir con nosotros, ni tampoco gustarle todo...) y sepa reconocer y controlar las sensaciones de hambre y saciedad. 

Y desde luego, al llegar a la etapa adolescente, los hijos deben ya estar inmersos, como una parte más de su educación, en la adquisición de unos conocimientos en cuanto a alimentación saludable que incluyan desde la compra, la higiene y la preparación de los alimentos hasta el ambiente  en que se deben desarrollar las comidas para que sus beneficios sean óptimos, tanto fisiológica como psicológicamente, porque comer es mucho más que ingerir alimentos.



¿Qué opinas? ¿Hay mucho control en tu casa a la hora de las comidas?





2 comentarios :

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo en dar opciones sanas a los niños y dejarles que dejen de comer cuando ellos ya no tengan hambre (haciéndoles entender también que hasta la siguiente toma -entendiendo que harán 5 comidas al día, a saber: desayuno, almuerzo, comida, merienda y cena-, no podrán consumir nada y menos aún chuches o golosinas de forma habitual).
Eso sí, cuesta a veces hacer entender especialmente a los abuelos/as que no tienen que darle a un niño la misma ingesta que a un adulto, con la excusa de que aunque son niños, necesitan comer más porque están creciendo o de hay que simplemente hay que "enseñarles a comerse todo lo que haya en el plato".

Cristina Abad dijo...

Tienes toda la razón, ¡gracias por tu comentario!

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